Desagradecido

Muchas mujeres siguen cuidando a sus familiares ancianos o enfermos. También lo hacen algunos hombres, menos indudablemente pero los hay.

Para hacerlo, algunas de estas personas han aplazado sus vidas, renunciando a muchas de sus ilusiones, sin saber si podrán reanudarlas alguna vez.

Entre ellas está una de mis amigas. Tiene un padre machista que siempre estuvo convencido de tener derecho a todo en su casa. Tuvo una madre sometida que aguantó todo lo que su marido quiso, con resignación (cristiana). Vivió en función de los deseos de él, pero no lo suficiente para soportarle hasta el final.

Desde hace años mi amiga ha sustituido a su madre en los cuidados, aunque sin la conformidad necesaria para que su padre se sienta a sus anchas. Él pretende que sólo se dedique a atenderle en su necesidades y caprichos, a cualquier hora y sin límites. ¿Para qué tuvo una hija si no? Ella tiene la obligación y él el derecho.

Hace unos días la encontré con un moretón. No había satisfecho una de sus exigencias con la debida celeridad y le había tirado el andador. A dar. Si no fue más grave es porque casi esquivó el golpe.

Y lo peor es que está lúcido.

 

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